Los cementerios no son lugares muertos, albergan la vida material y espiritual de los pueblos. Sus historias, costumbres y sentimientos. Hablar de ellos es casi siempre, referirse al dolor y a la incertidumbre que causa la muerte como acontecimiento irremediable. Son amalgamas de contrastes, espejos de las ciudades de los vivos que, con sus usos y apropiaciones, los convierten en espacios, en coordenadas físicas de socialización en los que la cultura funeraria se mezcla con la vida cotidiana de las ciudades a las que pertenecen.
En los cementerios de Medellín se entierra, se visita, se limpia, se reza, se conversa con los muertos; pero también se canta, se juega, se recuerda y hasta se asiste a veladas culturales.
Esta proximidad entre vivos y muertos no es nueva, incluso ha sido referenciada por diversos estudios académicos desde la edad media, cuando “el cementerio era con la iglesia, el foco de la vida social”, como lo relata Philippe Ariés en su libro El Hombre ante la muerte. “El cementerio era el lugar de paseo, de encuentro, de goce”, asegura Ariés. La culminación de esta labor periodística permite afirmar que aún lo sigue siendo.
Las actividades paralelas y los usos tradicionales que ocurren al interior de las necrópolis escogidas para el desarrollo de esta investigación, (Jardín Cementerio Universal, Parque Cementerio Campos de Paz, Museo Cementerio de San Pedro y Cementerio San Lorenzo), reivindican el sentido de la muerte y la existencia de los cementerios como cajas de resonancia de la Medellín que habitamos. Las tumbas y los predios son diferentes de un espacio a otro, pero todos reflejan una parte de lo que somos y de las condiciones en las que vivimos y morimos, porque en la segunda ciudad más poblada de Colombia, la gente no solo se muere de viejo.
Es evidente que los cambios propios de la ciudad han transformado también las costumbres funerarias y las relaciones entre vivos y muertos. La cremación es, sin duda, el servicio más demandado en la actualidad. Los mismos trabajadores de las funerarias consideran que los cementerios, como lugares exclusivamente de inhumación, tienden a desaparecer. De ahí la importancia de generar y conservar otro tipo de relaciones dentro de ellos, de asumirlos como espacios públicos, espacios de ciudad porque como diría Pilar Riaño, “el pasado forma parte del sentido de identidad, así como las prácticas de recuerdo e identificación del pasado son una fuente de significados en el presente”.
